Substance Use in Conflict-Affected Sudan (2021–2026): A Systematic Review of Prevalence, Patterns, and Risk Factors
Esta revisión sistemática de 13 estudios (2021–2026) revela que el conflicto armado y el colapso del Estado en Sudán han desencadenado una grave crisis de salud pública caracterizada por un aumento de los psicoestimulantes sintéticos, el uso generalizado de polisustancias y una alta prevalencia de alcohol y cannabis entre las poblaciones desplazadas y vulnerables, impulsada principalmente por el trauma de la guerra, la pobreza y los fallos regulatorios.
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En los rincones silenciosos de la salud pública, existe un entendimiento persistente de que cuando las estructuras de una sociedad se desmoronan, el bienestar de su gente suele seguir un camino diferente y más oscuro. Cuando estalla la guerra, cuando los gobiernos se disuelven y cuando las familias se ven obligadas a huir de sus hogares, el estrés no es solo emocional; es una fuerza física que remodela la forma en que las personas afrontan la vida diaria. Una de las formas más visibles en que este mecanismo de afrontamiento se manifiesta es a través del uso de sustancias, desde el tabaco que la gente fuma hasta el alcohol que beben o las pastillas que toman para calmar una mente acelerada. Durante décadas, los investigadores han observado cómo el conflicto actúa como un catalizador, convirtiendo hábitos ocultos en crisis abiertas. Saben que el trauma, la pobreza y la ruptura del orden legal crean la tormenta perfecta para que la adicción se apodere de las personas, a menudo de formas que son difíciles de predecir hasta que es demasiado tarde. La pregunta no es solo si las personas usan estas sustancias, sino cómo cambia la naturaleza de ese uso cuando un país es desgarrado por la violencia.
Este es el territorio específico explorado por un equipo de investigadores de la Universidad de Malaya, quienes recientemente examinaron de cerca lo que ha estado sucediendo en Sudán. Desde 2019, y acelerándose drásticamente tras el inicio del conflicto armado a gran escala en abril de 2023, Sudán ha enfrentado una emergencia humanitaria catastrófica, con millones de desplazados e instituciones colapsando. Los investigadores querían saber cómo este caos había alterado el panorama del consumo de sustancias durante los últimos cinco años. No realizaron encuestas nuevas ellos mismos; en su lugar, recopilaron y examinaron cuidadosamente trece estudios existentes que habían sido publicados entre 2021 y 2026. Estos estudios cubrieron a casi veinte mil personas, que iban desde estudiantes universitarios y miembros de la comunidad hasta niños de la calle y refugiados viviendo en campamentos. Al unir estos informes separados, el equipo construyó una imagen más clara de una realidad que cambia rápidamente, yendo más allá de las viejas suposiciones para revelar un nuevo y más peligroso patrón de adicción impulsado por la guerra.
La imagen que surgió fue desoladora. Durante mucho tiempo, la historia del consumo de sustancias en Sudán estuvo dominada por hábitos tradicionales: cigarrillos, una pasta de tabaco sin humo conocida como toombak y alcohol de elaboración local. Estos siguieron siendo comunes, con tasas de consumo de tabaco ascendiendo hasta alcanzar casi la mitad de algunos grupos de estudiantes universitarios e incluso más entre los desplazados en los campamentos. Sin embargo, el cambio más alarmante fue la llegada repentina y masiva de drogas sintéticas. Los investigadores encontraron que la metanfetamina cristalina, un potente estimulante sintético, había pasado de estar virtualmente ausente en los registros del país a convertirse en la razón principal por la cual las personas buscan tratamiento. En los centros de adicción en la capital, Jartum, y en el estado oriental de Kassala, esta única droga representaba más de la mitad de todos los nuevos ingresos en algunas instalaciones. Ya no era un problema oculto; se había convertido en una característica central de la crisis, impulsada por la pobreza y el trauma psicológico del desplazamiento, así como por el flujo fácil de mercancías ilícitas a través de fronteras que ya no estaban siendo monitoreadas.
La naturaleza de la crisis no se trataba solo de nuevas drogas, sino de quién las usaba y por qué. El estudio destacó que los grupos más vulnerables estaban soportando la carga más pesada. Entre los niños de la calle en Jartum, que habían perdido a sus familias y vivían en las calles, el uso indebido de solventes volátiles como pegamento de caucho era rampante, afectando a la gran mayoría de los encuestados. En los campos de refugiados, donde la gente estaba confinada y desempleada, el consumo de alcohol local y cannabis aumentó drásticamente, sirviendo a menudo como una forma de soportar el estrés del confinamiento y la pérdida de una vida normal. Los investigadores también observaron que las personas rara vez usaban una sola cosa. Un patrón de mezcla de sustancias —combinando tabaco, alcohol, analgésicos recetados y estimulantes sintéticos— se había vuelto generalizado. Este uso de polisustancias parecía ser un intento desesperado de gestionar una angustia psicológica abrumadora en un entorno donde los servicios de salud mental prácticamente habían desaparecido.
Los motores detrás de esta escalada eran tan claros como las propias drogas. Los investigadores identificaron que la guerra había creado un vacío donde la regulación ya no existía. Los medicamentos recetados, que deberían estar estrictamente controlados, estaban siendo desviados y vendidos sin supervisión, lo que llevaba al uso indebido generalizado de analgésicos y sedantes. La falta de leyes que impidan la venta de tabaco a menores, combinada con la desesperación económica de las familias, significaba que los niños y los adultos jóvenes tenían un acceso fácil a sustancias adictivas. El trauma del conflicto, la pérdida de seres queridos y la incertidumbre del futuro crearon un profundo pozo de ansiedad que la gente intentaba llenar con lo que fuera que estuviera disponible. El estudio dejó claro que esto no era un simple aumento de malos hábitos; era una consecuencia directa de un Estado colapsando bajo el peso del conflicto armado.
Mirando hacia el futuro, los autores argumentan que las viejas formas de manejar estos problemas ya no son suficientes. Los modelos de atención centralizados y basados en hospitales que existían antes de la guerra son a menudo inaccesibles o inexistentes en el caos actual. En su lugar, los investigadores sugieren que la respuesta debe ser comunitaria, llevando el apoyo directamente a las personas que lo necesitan, ya sea en un campo de refugiados, un dormitorio universitario o en la calle. Enfatizan la necesidad urgente de restaurar la supervisión regulatoria sobre los medicamentos y el tabaco, e integrar el apoyo a la salud mental con el cuidado de las adicciones, reconociendo que ambos están ahora inextricablemente vinculados. Los hallazgos sirven como una advertencia de que, sin abordar las causas fundamentales del trauma y la ruptura estructural que lo alimenta, la crisis del consumo de sustancias en Sudán continuará profundizándose, convirtiendo un desafío de salud pública en una emergencia humanitaria a largo plazo.
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