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📄 ciencias sociales

Practitioner perspectives on integrating mental health and psychosocial support (MHPSS) and peacebuilding: a qualitative study

A través de entrevistas cualitativas con 32 profesionales globales, este estudio revela que la integración de la salud mental y la construcción de paz requiere pasar de la justificación normativa al abordaje de los desafíos prácticos de implementación, incluyendo el cierre de las brechas entre lo individual y lo colectivo, la garantía de la competencia profesional y la alineación del financiamiento con las trayectorias de recuperación a largo plazo.

Autores originales: Mia Akiba, Saki Kasuga, Hana Murakami, Alli Roshni, Akiko Horiba, Mark Fabian, Manasi Sharma

Publicado 2026-10-13
📖 7 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Mia Akiba, Saki Kasuga, Hana Murakami, Alli Roshni, Akiko Horiba, Mark Fabian, Manasi Sharma

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

La guerra deja cicatrices profundas que no siempre son visibles. Mientras que la destrucción física de edificios y fronteras es fácil de ver, el daño psicológico infligido a las comunidades a menudo permanece oculto, pero puede ser igual de destructivo para el futuro. Cuando las personas viven la violencia, cargan con pesados estorbos de miedo, pérdida y desconfianza. Estos sentimientos no se quedan solo dentro de un individuo; se propagan hacia afuera, erosionando las relaciones entre vecinos y alimentando las divisiones que mantienen vivos los conflictos. Durante años, dos grupos separados de expertos han intentado sanar estas heridas. Un grupo se enfoca en la salud mental y el apoyo psicosocial, ayudando a los individuos a lidiar con el trauma y la ansiedad. El otro grupo se enfoca en la consolidación de la paz, trabajando para negociar tratados, reconstruir instituciones y unir a las comunidades. Recientemente, importantes organizaciones internacionales han argumentado que estos dos campos deben trabajar juntos, sugiriendo que no se puede construir una paz duradera sin abordar las heridas psicológicas de la guerra, y que no se puede sanar un trauma profundo sin un entorno seguro y pacífico. Sin embargo, aunque la idea de combinar estos esfuerzos suena lógica sobre el papel, no está claro cómo funciona realmente cuando la gente intenta hacerlo en medio de una crisis.

Para entender cómo funciona esta integración en la realidad, un equipo de investigadores de universidades del Reino Unido, Alemania y Japón realizó un estudio escuchando a las personas que realizan el trabajo. Entrevistaron a treinta y dos profesionales —veinticuatro mujeres y ocho hombres— que trabajan para las Naciones Unidas, gobiernos y organizaciones no gubernamentales. Estos trabajadores están basados en seis países diferentes, incluyendo Sudán del Sur, Indonesia y Japón, y han pasado al menos un año diseñando o dirigiendo programas que tratan ya sea la salud mental, la consolidación de la paz, o ambos. Los investigadores les pidieron que describieran sus experiencias, los desafíos que enfrentan y cómo ven la conexión entre sanar las mentes y construir la paz. El objetivo no era probar una teoría en un laboratorio, sino aprender de la sabiduría práctica de quienes están sobre el terreno.

Los profesionales compartieron una poderosa percepción que desafía una suposición común: los problemas de salud mental no son solo un resultado de la guerra; también son una causa de ella. Muchos trabajadores describieron cómo ver un trauma no sanado puede sabotear las negociaciones de paz. Relataron historias donde un negociador, al escuchar una palabra específica o ver un gesto, reaccionaba repentinamente como si la violencia estuviera ocurriendo de nuevo, siendo incapaz de concentrarse en el momento presente. Estas reacciones pueden convertir una discusión tranquila en una disputa acalorada, descarrilando los esfuerzos para lograr la paz. Los trabajadores argumentaron que los procesos de paz a menudo fallan porque ignoran esta realidad psicológica. Creen que los constructores de paz necesitan comprender cómo el trauma afecta la mente humana y que los especialistas en salud mental deberían estar involucrados desde el principio en el diseño de un plan de paz, no solo convocados más tarde para solucionar problemas.

Sin embargo, unir estos dos campos no es sencillo, y los investigadores encontraron que el mayor obstáculo es una brecha de comprensión entre el individuo y la comunidad. El trabajo de salud mental suele centrarse en tratar a una sola persona, mientras que la consolidación de la paz se centra en el grupo o la sociedad. Los profesionales explicaron que la parte más difícil del problema ocurre en el espacio entre estos dos niveles. Por ejemplo, un niño nacido después de una guerra puede no haber visto nunca una bala, pero crece sabiendo exactamente a quién temer debido a las historias que cuentan sus padres y la atmósfera en su comunidad. Este tipo de angustia no es fácilmente diagnosticable en una sola persona, ni es fácilmente solucionable cambiando una ley para todo un país. Los trabajadores sintieron que los métodos actuales no tienen una buena forma de abordar este punto medio donde el dolor individual y la memoria colectiva se mezclan. Se dieron cuenta de que no se puede simplemente arreglar al individuo y luego arreglar a la comunidad, porque ambos se moldean constantemente entre sí.

Otro desafío importante que enfrentan los trabajadores es el miedo a causar daño. En su labor, la "contención" es una habilidad clave, lo que significa ser capaz de sostener las emociones intensas de alguien sin verse abrumado por ellas. Muchos profesionales expresaron ansiedad al pedir a las personas que hablen de su trauma. Temían que, si abrían la puerta a los recuerdos dolorosos sin tener los sistemas de apoyo adecuados en su lugar, la situación pudiera salirse de control, dejando a las personas sintiéndose peor que antes. Enfatizaron que los constructores de paz no son terapeutas y no deben intentar diagnosticar o tratar enfermedades mentales. En su lugar, su función es crear un entorno seguro y saber cuándo detenerse o cuándo llamar a un profesional. Esto requiere un alto nivel de competencia y apoyo organizacional, como la supervisión y el cuidado de los propios trabajadores, lo cual suele faltar en los proyectos de consolidación de la paz.

El estudio también reveló que el estigma social, particularmente respecto al género, actúa como una barrera significativa. En muchos lugares, admitir dificultades de salud mental se ve como un signo de debilidad, una visión reforzada por normas religiosas o culturales. Este estigma tiene género: buscar ayuda es visto a veces como un "asunto de mujeres", lo que lleva a los líderes políticos a descartarlo como algo sin importancia. Al mismo tiempo, los hombres suelen enfrentar una presión aún mayor para ocultar su dolor, haciendo que sea tabú para ellos buscar apoyo. Para sortear esto, los profesionales han desarrollado estrategias ingeniosas. En lugar de usar términos médicos que podrían ahuyentar a la gente, hablan de la salud mental en el contexto del bienestar comunitario o la cohescción social. Trabajan con figuras de confianza, como líderes religiosos, para entregar mensajes de una manera que se sienta segura y aceptable para la comunidad, tejiendo efectivamente la necesidad de apoyo en el tejido de la vida diaria.

Finalmente, los investigadores encontraron que la forma en que se financian los proyectos a menudo trabaja en contra de la naturaleza de la sanación. Los donantes que proveen el dinero suelen querer ver resultados rápidos y medibles, como un tratado firmado o una nueva ley aprobada en un año. Sin embargo, recuperarse de un trauma psicológico profundo es un proceso lento e irregular que puede tomar muchos años y puede implicar retrocesos. La presión por mostrar resultados rápidos puede obligar a las organizaciones a centrarse en cosas fáciles de contar, como el número de personas capacitadas, en lugar de los cambios más difíciles de medir en la confianza o la seguridad. Los trabajadores advirtieron que, si la integración se convierte solo en una casilla que marcar para obtener fondos, perderá su sustancia. Argumentaron que los sistemas para dar dinero y juzgar el éxito deben cambiar para adaptarse a la realidad larga y no lineal de la recuperación humana.

El estudio concluye que el debate ya no es sobre si la salud mental y la consolidación de la paz deben combinarse, sino sobre cómo hacerlo de manera segura y efectiva. Los investigadores encontraron que la integración exitosa depende de una cadena de condiciones: reconocer que el trauma impulsa el conflicto, crear herramientas prácticas para abordar el vínculo entre individuos y comunidades, capacitar a los trabajadores para manejar riesgos emocionales, respetar las normas culturales para reducir el estigma y alinear el financiamiento con el largo cronograma de la sanación. Estas condiciones están todas conectadas; si falta una, todo el esfuerzo puede fallar. Los hallazgos sugieren que, para que la paz sea duradera, debemos rediseñar la forma en que pensamos sobre el conflicto, yendo más allá de simplemente reparar sistemas rotos para también sanar las mentes humanas que viven dentro de ellos.

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