Intersectional and contextual patterning of online harassment in the context of technology-facilitated gender-based violence: Insights from Kenya
Basándose en datos de 854 encuestados en Kenia, este estudio emplea el marco de Riesgo-Capacidad Interseccional Multidimensional (MIRC, por sus siglas en inglés) para revelar que el acoso en línea afecta desproporcionadamente a las mujeres con discapacidades y a las usuarias frecuentes de internet dentro de contextos geográficos específicos, abogando así por estrategias de prevención y respuesta interseccionales y sensibles al contexto contra la violencia de género facilitada por la tecnología.
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En el mundo moderno, el internet se ha convertido en una vasta plaza pública donde las personas trabajan, aprenden, comercian y se conectan con sus comunidades. Para muchos, especialmente para las mujeres y las personas con discapacidad, este espacio digital ofrece una oportunidad poco común de sortear las viejas barreras y participar plenamente en la sociedad. Sin embargo, al igual que los espacios públicos físicos pueden ser inseguros para ciertos grupos, el mundo digital tiene sus propios peligros. Un tipo específico de daño, conocido como violencia de género facilitada por la tecnología, ocurre cuando las personas utilizan herramientas digitales para acosar, controlar o abusar de otros. Esta violencia no es aleatoria; a menudo apunta a individuos basándose en quiénes son, como su género, sus capacidades físicas o su posición social. Comprender cómo estos diferentes factores se combinan para crear riesgos es crucial, porque la solución no puede ser una que sirva para todos por igual. Si no entendemos exactamente quién está siendo blanco de ataques y dónde, no podremos construir las protecciones adecuadas para mantenerlos seguros mientras continúan utilizando las herramientas que los empoderan.
Investigadores en Kenia se propusieron recientemente mapear estos peligros con un alto grado de precisión. Recopilaron datos de 854 personas que participaban en un programa de habilidades digitales en once condados diferentes. Estos participantes no eran simplemente usuarios aleatorios de internet; eran personas que intentaban activamente construir negocios, aprender nuevas habilidades o participar en sus comunidades en línea. El equipo, liderado por el Centro Africano de Estudios Tecnológicos, preguntó a estas personas si habían experimentado acoso o hostigamiento en línea. También les preguntaron que describieran qué había sucedido, con qué frecuencia usaban el internet y si sentían que sabían cómo manejar un ataque si uno ocurriera. Al observar las respuestas a través de un lente que considerara cómo se superponen el género, la discapacidad, la edad y la ubicación, los investigadores esperaban ver patrones que los promedios simples podrían ocultar.
El estudio encontró que aproximadamente el nueve por ciento de las personas encuestadas había experimentado acoso en línea. Aunque esto pueda parecer un número pequeño, la verdadera historia reside en quién era el objetivo. Cuando los investigadores analizaron los datos más de cerca, descubrieron que las mujeres con discapacidad enfrentaban un riesgo significamente mayor. Casi el dieciséis por ciento de las mujeres con discapacidad reportaron haber sido acosadas, en comparación con menos del nueve por ciento de las mujeres sin discapacidad. Esta brecha resalta una verdad crítica: ser mujer y tener una discapacidad crea una vulnerabilidad única que es mayor que la suma de sus partes. Los relatos proporcionados por los participantes dieron vida a estos números. Algunos describieron recibir mensajes crueles tras rechazar avances de compañeros de clase, mientras que otros enfrentaron discursos de odio cuando publicaban sobre los derechos de las mujeres. Para las personas con discapacidad, el abuso era a menudo directo y personal, con atacantes utilizando comentarios despectivos sobre su condición física para burlarse, incluso cuando intentaban vender bienes o servicios en línea.
El entorno en el que las personas utilizaban el internet también desempeñó un papel importante en su seguridad. Los investigadores encontraron que las personas que usaban el internet todos los días tenían más del doble de probabilidades de reportar acoso que aquellas que lo usaban con menos frecuencia. Esto sugiere que cuanto más participa una persona en el mundo digital, más visible se vuelve ante posibles atacantes. No es que el internet mismo sea el problema, sino que un mayor compromiso abre más puertas para la interacción, incluyendo las perjudiciales. El estudio también analizó los tipos de plataformas que la gente utilizaba. Aquellos que usaban sitios web para su negocio o trabajo comunitario enfrentaban las tasas más altas de acoso, seguidos por los usuarios de diversas aplicaciones de redes sociales. Esto indica que el contexto de la actividad importa; usar el internet para el beneficio económico o la defensa pública puede invitar a distintos tipos de ataques que el uso social casual.
La geografía, también, moldeó la experiencia de la seguridad en línea, aunque no de la manera que uno esperaría. Los investigadores notaron inicialmente que las personas en regiones semiáridas reportaban tasas más altas de acoso que las de otras áreas. Sin embargo, cuando profundizaron, se dieron cuenta de que este patrón era impulsado casi por completo por un condado específico, Kilifi. Una vez que se eliminó Kilifi de la comparación, la diferencia entre las regiones áridas o semiáridas y el resto del país desapareció. Este hallazgo es importante porque muestra que las etiquetas geográficas amplias como "árido" o "semiárido" no cuentan toda la historia. En cambio, las condiciones económicas locales y las dinámicas comunitarias específicas son lo que realmente importa. En Kilifi, por ejemplo, una economía vinculada al turismo podría crear un tipo específico de interacción en línea que invita al acoso, un matiz que un simple mapa de zonas climáticas pasaría por alto.
Quizás el descubrimiento más sorprendente se refirió a la relación entre saber cómo mantenerse seguro y estar realmente seguro. Los investigadores preguntaron a los participantes si sentían que tenían las habilidades para manejar el acoso en línea, como saber cómo bloquear a alguien o reportar un incidente. Encontraron que las personas que se sentían más seguras de sus habilidades de seguridad digital eran, de hecho, más propensas a decir que sabían cómo responder a un ataque. Sin embargo, tener estas habilidades no parecía detener el acoso en primer lugar. En otras palabras, estar preparado para defenderse no hacía que una persona fuera menos propensa a ser atacada. Esta distinción es vital para los responsables de políticas y diseñadores de programas. Significa que enseñar a las personas cómo responder al abuso es necesario, pero no es suficiente para prevenir que el abuso ocurra. La prevención requiere abordar las causas fundamentales del acoso y los contextos específicos que permiten que este florezca.
El estudio concluye que proteger a las personas en el mundo digital requiere un enfoque de múltiples capas que reconozca la complejidad de sus vidas. No basta con tratar a todas las mujeres de la misma manera o asumir que todas las personas en una determinada región enfrentan los mismos riesgos. La evidencia sugiere que los programas diseñados para ayudar a las personas a utilizar la tecnología también deben incluir capacitación específica sobre cómo reconocer y manejar el acoso, con especial atención a las mujeres con discapacidad y a aquellos en contextos locales específicos. Además, saber cómo responder es solo la mitad de la batalla; los sistemas a los que las personas recurren para obtener ayuda, como la policía y los tribunales, deben estar listos para manejar estos delitos digitales de manera efectiva. Al comprender las formas específicas en que se intersectan el género, la discapacidad y el contexto local, la sociedad puede construir espacios digitales que no solo estén abiertos para la participación, sino que sean seguros para todos los que entran en ellos.
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