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Between Scientificity and Esotericism: Vladimir Eremeev’s Reconstruction of the Yijing  in Late Soviet and Post-Soviet Russian Thought

Este artículo examina la reconstrucción tardo soviética y postsoviética de Vladimir Eremeev del *Yijing* como una "ciencia universal perdida" que sintetizó la cibernética soviética, la semiótica y el esoterismo para desafiar las narrativas eurocéntricas de la racionalidad, al tiempo que destaca los riesgos epistemológicos de reemplazar los orígenes occidentales con nuevas narrativas de origen único en la historia intelectual global.

Autores originales: Peiying Lv, Yuan Tao

Publicado 2026-10-15
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Autores originales: Peiying Lv, Yuan Tao

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Durante siglos, la historia del conocimiento humano se ha contado como una línea recta que recorre desde la antigua Grecia a través de Europa hasta el mundo moderno. En esta narrativa familiar, la ciencia y la filosofía se ven como invenciones europeas únicas, mientras que los complejos sistemas de pensamiento desarrollados en China, la India y otros lugares son a menudo descartados como místicos o pre-científicos. Esta visión crea un punto ciego, ignorando cómo diferentes culturas han organizado su comprensión del universo, el cuerpo humano y la sociedad. La cuestión de si estas tradiciones no occidentales contienen su propia lógica rigurosa, y cómo podrían remodelar nuestra comprensión global de lo que cuenta como "ciencia", sigue siendo un área vital de investigación para historiadores y filósofos. No se trata simplemente de añadir más hechos a una lista, sino de reexaminar el mapa mismo de la historia intelectual humana para ver si el centro de gravedad ha sido colocado en el lugar equivino.

En este contexto, un estudio reciente examina la obra de Vladimir Eremeev, un erudito ruso que dedicó su carrera a cerrar la brecha entre la ingeniería de la era soviética, la historia de la ciencia y el antiguo Yijing chino, o Libro de los Cambios. Eremeev, quien vivió de 1953 a 2011, operó durante un tiempo en que las rígidas fronteras entre la ciencia, la filosofía y el pensamiento espiritual en Rusia comenzaban a desdibujarse. Fue formado como ingeniero y trabajó con la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, pero se sintió fascinado por la idea de que los antiguos pensadores chinos habían desarrollado un sistema de conocimiento unificado que conectaba todo, desde la música y la medicina hasta el cosmos y la psique humana. Su objetivo no era probar que el Yijing fuera un programa de computación moderno, sino demostrar que su estructura interna era tan lógica y sistemática que podía entenderse utilizando el lenguaje de la teoría de sistemas moderna. Llamó a este enfoque "aritmosemiótica", un término que simplemente significa utilizar números y signos como un código universal para traducir las ideas antiguas a una forma que la ciencia moderna pudiera reconocer.

La obra de Eremeev surgió de un paisaje intelectual único donde la estricta demanda soviética de rigor científico se encontró con un creciente interés en las tradiciones esotéricas y el análisis estructural de los textos. Tomó los complejos diagramas y patrones numéricos encontrados en el Yijing —que tradicionalmente involucran líneas, formas y ciclos utilizados para la adivinación y la comprensión del cambio— y los reinterpretó como un sistema formal de códigos. En su visión, los antiguos chinos no solo veían estos patrones como símbolos para la adivinación del destino; veíanlos como una forma de mapear las relaciones entre las diferentes partes de la realidad. Eremeev argumentó que estos patrones podían traducirse a un lenguaje de variables y transformaciones, de manera muy similar a cómo un ingeniero moderno podría modelar un sistema. Al hacer esto, intentó demostrar que el Yijing no era una colección de mitos vagos, sino un "metamodelo" sofisticado que podía describir el orden del universo, el cuerpo humano y la sociedad utilizando el mismo conjunto de reglas.

El artículo explica que el proyecto de Eremeev fue un intento de crear una "ciencia universal perdida". Él creía que las primeras civilizaciones poseían un cuerpo de conocimiento unificado que las disciplinas modernas habían fragmentado desde entonces en campos separados como la física, la biología y la psicología. Según Eremeev, el Yijing preservaba los fragmentos de esta ciencia original e integrada. Sugirió que los mismos patrones estructurales encontrados en la medicina, la teoría musical y la cosmología chinas no eran solo similitudes coincidentes, sino evidencia de un orden único y subyacente que gobernaba todas las cosas. Esta idea fue respaldada por su uso de conceptos de la cibernética y la teoría de sistemas, que eran populares en la Unión Soviética tardía. Estos campos se centraban en cómo fluye la información y cómo los sistemas complejos mantienen el equilibrio, proporcionando a Eremeev el vocabulario para describir el pensamiento chino antiguo como un esfuerzo racional y sistemático en lugar de uno místico.

Sin embargo, el estudio también destaca una tensión significativa en el trabajo de Eremeev. Si bien logró utilizar el lenguaje científico moderno para hacer que el Yijing pareciera un sistema riguroso, a veces fue demasiado lejos al afirmar que esta similitud formal probaba una conexión histórica profunda. Argumentó que estos sistemas no eran solo similares por azar, sino que eran en realidad partes de un único sistema de conocimiento que se había extendido desde la antigua China de la dinastía Zhou occidental hacia otras partes del mundo, incluyendo Grecia e India. Esta teoría, conocida como difusionismo, sugiere que un sistema de conocimiento unificado existió en la antigua China de la dinastía Zhou occidental y luego viajó a lo largo de las rutas comerciales, influyendo en otras civilizaciones. El artículo señala que, aunque Eremeev proporcionó muchos ejemplos de patrones similares en diferentes culturas, no presentó la evidencia histórica sólida —como textos específicos, artefactos o registros claros de transmisión— que sería necesaria para probar que un sistema realmente causó al otro. Las similitudes que encontró podrían ser tan fácilmente el resultado de mentes humanas independientes resolviendo problemas similares en diferentes lugares.

Los autores del artículo concluyen que el verdadero legado de Eremeev no reside en probar que existió una única ciencia universal, sino en cómo utilizó el pensamiento chino para desafiar la idea de que solo la historia europea importa. Demostró que el Yijing podía ser un recurso para repensar qué significan la ciencia y la racionalidad, ofreciendo una forma diferente de organizar el conocimiento que no depende del modelo tradicional occidental. Su trabajo es descrito como una forma de "universalismo ruso", una estrategia donde los eruditos rusos utilizaron las tradiciones no occidentales para renegociar su lugar en la comunidad intelectual global. Al tratar al Yijing como un objeto serio de estudio científico, Eremeev ayudó a derribar la barrera que durante mucho tiempo había separado el pensamiento occidental "científico" del pensamiento oriental "místico".

En última instancia, el artículo sugiere que el proyecto de Eremeev fue un audaz experimento para conectar el pasado y el presente, el Este y el Oeste. No tuvo éxito en probar que todo el conocimiento humano proviene de una única fuente antigua, pero sí tuvo éxito en demostrar que las fronteras que trazamos entre la ciencia, la filosofía y la espiritualidad son a menudo arbitrarias. Su trabajo nos invita a mirar la historia de las ideas con un lente más amplio, reconociendo que diferentes culturas han desarrollado sus propias formas sofisticadas de comprender el mundo. El valor de su investigación no está en el veredicto final sobre si existió una ciencia universal perdida, sino en la forma en que nos obliga a cuestionar quién tiene el derecho de decidir qué cuenta como conocimiento y cómo contamos la historia del logro intelectual humano.

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