Beyond placement: inclusive early childhood education as multi-level service- system capacity in decentralised education systems
Este artículo conceptual sostiene que la inclusión significativa de niños pequeños con discapacidades en sistemas descentralizados como el de Indonesia requiere ir más allá de la mera matriculación legal para construir capacidades de sistema multinivel y distribuidas a través de cinco dominios que permitan la progresión a través de una cadena de inclusión desde el acceso formal hasta el apoyo al desarrollo.
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Cada niño tiene derecho a aprender junto a sus pares, una promesa escrita en el derecho internacional y adoptada por gobiernos de todo el mundo. Esta promesa, conocida como educación inclusiva, tiene como objetivo asegurar que los niños pequeños con discapacidades no solo estén presentes en un aula, sino que sean verdaderamente parte de la comunidad, aprendiendo y creciendo con otros. Durante décadas, los investigadores han sabido que simplemente poner a un niño en una habitación con otros estudiantes no es suficiente. Un niño puede pasar sentado en un escritorio todo el día pero permanecer al margen, incapaz de unirse a los juegos, incapaz de alcanzar los juguetes o sin el apoyo de adultos que no saben cómo adaptar las actividades del día. El objetivo real es la participación significativa, donde el niño esté comprometido, apoyado y desarrollándose junto a sus pares. Sin embargo, en muchos lugares, la brecha entre la promesa legal de la inclusión y la realidad diaria para las familias sigue siendo amplia. Esto es especialmente cierto en los primeros años, antes de que un niño comience la escuela primaria, un momento en el que el desarrollo ocurre rápidamente y depende en gran medida de las relaciones receptivas y los entornos estimulantes.
Un nuevo artículo conceptual de investigadores de la Universitas Mataram en Indonesia explora por qué persiste esta brecha y qué se requiere realmente para cerrarla. Los autores, M. A. Muazar Habibi, Abdul Kadir Jaelani e Ika Rachmayani, argumentan que hemos estado mirando lo incorrecto. Durante demasiado tiempo, los gobiernos y supervisores han medido el éxito contando cuántos niños están matriculados en las escuelas o cuántas escuelas han sido oficialmente etiquetadas como "inclusivas". Los investigadores sugieren que este enfoque es engañoso porque se detiene en la puerta principal. Cuenta la colocación, pero ignora lo que sucede una vez que el niño entra. Para comprender el panorama completo, el equipo propone una nueva forma de pensar sobre la inclusión como una cadena de cuatro etapas distintas: inclusión formal, acceso, participación y apoyo al desarrollo. Sugieren que mover a un niño de una etapa a la siguiente requiere tipos específicos de apoyo, y cuando estos apoyos faltan, la cadena se rompe.
Los investigadores construyeron esta idea combinando conocimientos de varios campos diferentes, incluyendo estudios sobre cómo se llevan a cabo realmente las políticas, teorías sobre por qué las organizaciones a veces parecen estar siguiendo las reglas mientras hacen algo diferente, e investigación sobre cómo los niños con discapacidades experimentan el mundo. Utilizaron la situación en Indonesia como un ejemplo claro para probar sus ideas. Indonesia tiene un conjunto sólido de leyes que prometen la educación inclusiva para todos los niños. Sin embargo, la responsabilidad de dirigir estas escuelas está dividida entre diferentes niveles de gobierno, y la gran mayoría de los preescolares son gestionados por grupos privados en lugar del Estado. Esta configuración crea una tormenta perfecta donde la promesa legal existe, pero la capacidad práctica de entregarla está dispersa y, a menudo, ausente.
El artículo describe un viaje de cuatro pasos que un niño debe realizar para beneficiarse verdaderamente de la educación inclusiva. El primer paso es la inclusión formal, que es simplemente el derecho legal a estar allí. El segundo paso es el acceso, lo que significa que el niño puede entrar realmente en una escuela que esté dispuesta a recibirlo. El tercer paso es la participación, donde el niño no solo está sentado en la sala, sino que participa activamente en la vida diaria, el juego y el aprendizaje del grupo. El paso final es el apoyo al desarrollo, donde las necesidades específicas del niño son identificadas y atendidas mediante ayuda coordinada de terapeutas, especialistas y familias. Los investigadores encontraron que en muchos sistemas, incluido el de Indonesia, la cadena a menudo se rompe entre estos pasos. Un niño puede tener el derecho legal e incluso entrar en una escuela, pero sin el apoyo adecuado, permanece en los márgenes, incapaz de participar plenamente o de recibir la ayuda especializada que necesita para crecer.
Para mover a un niño de una etapa a la siguiente, el sistema necesita cinco tipos específicos de capacidad trabajando en conjunto. Primero, debe haber una buena gobernanza y financiamiento, lo que significa reglas claras sobre quién es responsable y suficiente dinero para pagarlo. Segundo, el entorno mismo debe estar preparado, con espacios físicos que sean accesibles y líderes que crean en la inclusión. Tercero, la fuerza laboral debe ser calificada, con maestros que estén capacitados y especialistas disponibles para ayudar. Cuarto, diferentes sectores como la salud, la educación y los servicios sociales deben comunicarse entre sí y trabajar como un equipo. Finalmente, las familias y las comunidades deben ser apoyadas, con los recursos y la comprensión para abogar por sus hijos. Los autores enfatizan que estas cinco áreas son como eslabones en una cadena; si uno es débil, todo el sistema sufre. Por ejemplo, capacitar a los maestros es inútil si la escuela no tiene materiales accesibles o si no hay forma de derivar a un niño a un terapeuta cuando sea necesario.
Cuando los investigadores analizaron la evidencia de Indonesia, vieron un patrón que confirma su teoría. Si bien las leyes son exhaustivas, la capacidad real para brindar educación inclusiva es escasa. Solo una mínima fracción de los preescolares está registrada como inclusiva, y muy pocos maestros han recibido capacitación específica. Debido a que el sistema está tan fragmentado, la responsabilidad de ayudar a un niño a menudo recae en los individuos en lugar de en el sistema mismo. Maestros comprometidos, líderes escolares y padres suelen intervenir para llenar los vacores, haciendo el trabajo que el gobierno debería estar haciendo. Pueden organizar su propia capacitación, comprar sus propios materiales o conectar personalmente a las familias con terapeutas. Si bien esta dedicación es valiosa y a menudo es la única razón por la cual la inclusión ocurre en absoluto, es frágil. Depende de la energía de personas específicas que podrían irse o agotarse, y no es algo que pueda ser fácilmente copiado o escalado.
Esta dependencia del esfuerzo individual crea un problema oculto de desigualdad. Cuando el sistema público no proporciona el apoyo necesario, la carga se desplaza hacia la familia. Las familias más ricas, con más tiempo, dinero y conexiones sociales, pueden navegar el sistema, pagar por evaluaciones privadas y abogar eficazmente por sus hijos. Las familias con menos recursos a menudo no pueden superar las barreras, incluso si la escuela es técnicamente "inclusiva". Como resultado, la promesa de inclusión termina sirviendo solo a unos pocos seleccionados, reproduciendo las mismas desigualdades que pretendía solucionar. Los investigadores encontraron que en Indonesia, los niños de hogares más pobres tienen muchas menos probabilidades de asistir al preescolar, y los niños con discapacidades enfrentan obstáculos aún mayores. Sin un sistema público fuerte que cierre las brechas, la inclusión se convierte en un privilegio para aquellos que pueden pagarlo, en lugar de un derecho para todos.
El artículo concluye que necesitamos cambiar la forma en que medimos y construimos la educación inclusiva. En lugar de solo contar cuántos niños están matriculados, necesitamos observar la calidad de su experiencia y la fuerza del sistema de apoyo que los rodea. Necesitamos rastrear si los niños están participando realmente en las actividades y si están recibiendo la ayuda especializada que necesitan. Los autores sugieren que los gobiernos deberían vincular la etiqueta de "inclusivo" con recursos reales, asegurando que las escuelas tengan personal capacitado, materiales accesibles y financiamiento antes de ser declaradas listas. También argumentan que necesitamos construir puentes entre los diferentes niveles de gobierno y entre los servicios de educación y salud, para que ningún niño se pierda en el camino.
En última instancia, esta investigación ofrece un camino claro a seguir para los responsables de la formulación de políticas y los educadores. Sugiere que la verdadera inclusión no es un acto único de abrir una puerta, sino un proceso continuo de construir un sistema que pueda apoyar a cada niño. Requiere ir más allá de la idea de que una escuela es inclusiva solo porque un niño está sentado en una silla. La verdadera inclusión ocurre cuando todo el sistema de servicios alrededor del niño es lo suficientemente fuerte como para convertir una promesa legal en una realidad diaria de pertenencia, aprendizaje y crecimiento. El trabajo de los investigadores destaca que, si bien la amabilidad y el esfuerzo individuales son importantes, no son un sustituto de un sistema bien diseñado y bien financiado. Para asegurar que cada niño, independientemente de su discapacidad o trasfondo familiar, pueda prosperar en sus primeros años, debemos enfocarnos en construir la capacidad del sistema mismo, en lugar de depender de la buena voluntad de unos pocos.
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