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Ambivalent Recognition in Higher Education: Institutional Gatekeeping and Epistemic Justice in Higher Education in Migration Societies

Este artículo conceptual analiza la naturaleza ambivalente del reconocimiento institucional en la educación superior de Europa Occidental, utilizando el programa "Pedagogía y Trabajo Social en la Sociedad de la Migración" de la Universidad de Oldenburg como un estudio de caso para demostrar cómo las prácticas basadas en competencias pueden desafiar los enfoques orientados al déficit mientras simultáneamente reproducen jerarquías eurocéntricas, proponiendo finalmente un marco de Investigación Acción Participativa Comunitaria para fomentar la justicia epistémica y la transformación estructural.

Autores originales: Ayca Polat, Gamze Keklik

Publicado 2026-10-20
📖 6 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Ayca Polat, Gamze Keklik

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Las universidades suelen imaginarse como grandes motores de oportunidad, lugares donde se descubre el talento y se construyen futuros. Sin embargo, para muchas personas que se han desplazado a través de las fronteras para estudiar o trabajar, estas instituciones pueden sentirse como fortalezas con reglas ocultas. El problema no es solo que las puertas estén cerradas, sino que la definición misma de lo que cuenta como "conocimiento" o "habilidad" suele estar escrita en un lenguaje que las excluye. Este es el territorio de un nuevo artículo conceptual de las investigadoras Ayca Polat y Gamze Keklik, de la Universidad de Oldenburg en Alemania. Ellas plantean una pregunta difícil: cuando una universidad dice que reconoce un título extranjero, ¿está realmente abriendo una puerta, o simplemente está marcando una casilla mientras mantiene las viejas y estrechas reglas en su lugar? Para entender esto, uno debe comprender dos ideas. Primero, la "reconocimiento" es el acto oficial de aceptar la educación pasada de alguien como válida. Segundo, la "justicia epistémica" es la idea de que la equidad en el conocimiento significa valorar diferentes formas de aprender y pensar, no solo las que se enseñan en Europa Occidental. Las autoras argumentan que el sistema actual está roto porque trata a las personas de otros países como si les faltara algo, en lugar de ver las capacidades únicas que aportan.

Las investigadoras comienzan describiendo la realidad de muchos estudiantes y académicos con antecedentes migratorios. A pesar de que las universidades hablan de diversidad, estos individuos a menudo enfrentan un "mar de blancura", un término utilizado para describir entornos donde la cultura por defecto es blanca y europea, haciendo que todos los demás se sientan como extraños. Esto no se trata solo de comentarios groseros; está integrado en el papeleo y las reglas. Por ejemplo, a una estudiante que estudió trabajo social en otro país se le podría decir que su título no es equivalente al de uno alemán, obligándola a empezar de nuevo o a realizar exámenes adicionales y costosos. El sistema suele asumir que si una persona tiene dificultades, es porque no es lo suficientemente inteligente o no habla lo suficientemente bien el idioma, ignorando el hecho de que el propio sistema es rígido e injusto. El artículo señala que esto crea un ciclo donde personas talentosas son empujadas hacia empleos mal pagados o abandonan los estudios, no porque carezcan de capacidad, sino porque los guardianes de la universidad no saben cómo ver su valor.

Para mostrar cómo podrían ser las cosas de manera diferente, las autoras analizan un programa específico en su propia universidad llamado "Pedagogía y Trabajo Social en la Sociedad de la Migración". Este programa fue diseñado para personas que ya tienen títulos universitarios de otros países. En lugar de hacerles repetir años de estudio, el programa analiza lo que ya saben. Si una estudiante tiene un título en educación de Siria o Turquía, la universidad verifica sus habilidades específicas y les otorza créditos por hasta dos años de estudio, permitiéndoles comenzar en su tercer semestre. También valoran idiomas como el árabe o el turco como un activo profesional, en lugar de verlos simplemente como una barrera. Los resultados son sorprendentes: el programa tiene una tasa de abandio de aproximadamente el diez por ciento, que es mucho menor que el promedio para los estudiantes internacionales en Alemania. Esto sugiere que cuando las universidades dejan de tratar la experiencia extranjera como un déficit y comienzan a tratarla como un activo, las personas tienen éxito.

Sin embargo, las autoras tienen cuidado de no llamar a esto una solución perfecta. Argumentan que incluso este programa exitoso tiene un inconveniente oculto. Al crear una vía especial para estudiantes extranjeros, la universidad podría señalar accidentalmente que estos estudiantes son "excepciones" a la regla normal, en lugar de cambiar la regla misma. El edificio principal de la universidad sigue operando bajo estándares eurocéntricos antiguos, y los estudiantes de este programa especial todavía enfrentan racismo y exclusión cuando asisten a clases regulares con todos los demás. El reconocimiento que reciben es "ambivalente", lo que significa que tiene dos caras: les abre una puerta para entrar, pero también refuerza la idea de que la forma estándar de hacer las cosas es la única correcta. Las investigadoras sugieren que el verdadero cambio requiere más que un programa especial; requiere un cambio en cómo se produce el conocimiento y en quién decide qué es válido.

Para solucionar esto, el artículo propone una nueva forma de investigar llamada Investigación Participativa Basada en la Comunidad. En este enfoque, las personas que están siendo estudiadas —estudiantes y académicos con antecedentes migratorios— no son solo sujetos de observación. Se convierten en socios que ayudan a diseñar la investigación, plantean las preguntas e interpretan las respuestas. Esto tiene como fin romper el desequilibrio de poder donde la universidad posee toda la autoridad. Las autoras admiten que es difícil hacer esto a la perfección, ya que la universidad sigue poseyendo el financiamiento y el poder, pero lo ven como un paso necesario hacia la equidad. Argumentan que el empoderamiento no se trata solo de que un estudiante individual sobreviva al sistema, sino de que el grupo trabaje unido para cambiar el sistema mismo.

El artículo concluye con un llamado a las universidades para que dejen de pretender que sus esfuerzos actuales de diversidad son suficientes. Instan a las instituciones a cambiar sus políticas para que las reglas legales sobre visas y títulos no castiguen a las personas por tener trayectorias no tradicionales. También quieren que los profesores y administradores examinen sus propios sesgos y cambien su forma de enseñar. Las autoras son claras en que no han resuelto el problema con este artículo; solo han mapeado el terreno. Ofrecen un marco para comprender por qué el reconocimiento es tan complicado y sugieren que la única forma de avanzar es construir un sistema donde los diferentes tipos de conocimiento sean verdaderamente respetados, no solo tolerados. El objetivo es pasar de un lugar donde las universidades simplemente marcan casillas a un lugar donde genuinamente transformen la forma en que ven el mundo y a las personas que lo habitan.

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