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Beyond Competencies: Unpacking Institutional Emotional Architectures and Stratified Burdens for Social-Emotional Learning in Indian Higher Education

Este estudio de métodos mixtos revela que, si bien las competencias del Aprendizaje Socioemocional (ASE) se correlacionan con el bienestar estudiantil en la educación superior india, la baja concienciación, la formación docente inadecuada y las inequidades sistémicas hacen necesario un cambio de paradigma de un ASE individualizado hacia un marco contextualmente fundamentado que aborde las arquitecturas emocionales institucionales y las cargas estratificadas.

Autores originales: Rupam Kumar Saha¹, Preet Kanwal²

Publicado 2026-09-15
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Autores originales: Rupam Kumar Saha¹, Preet Kanwal²

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Durante décadas, las escuelas se han centrado intensamente en enseñar a los estudiantes cómo pensar, resolver problemas y memorizar datos. Pero en años recientes, educadores y expertos en salud se han dado cuenta de que el aprendizaje está profundamente ligado a cómo se sienten las personas. Este campo, conocido como aprendizaje socioemocional, trata sobre desarrollar la capacidad de comprender las propias emociones, gestionar el estrés, mostrar empatía hacia los demás y tomar decisiones responsables. Si bien estas habilidades son ahora comunes en las aulas de primaria y secundaria en todo el mundo, han sido mayormente ignoradas en las universidades. Esta brecha se está volviendo crítica porque la salud mental de los estudiantes se está deteriorando globalmente. En la India, la situación ha alcanzado un punto de crisis, con un aumento drástico de los suicidios estudiantiles en los últimos años. La idea prevaleciente ha sido que, si los estudiantes simplemente aprendían a gestionar mejor sus propios sentimientos, estarían bien. Sin embargo, esta visión trata las luchas emocionales como fracasos individuales en lugar de síntomas de un sistema más grande.

Un nuevo estudio de investigadores de la Escuela de Negocios Mittal en la India desafía esta perspectiva estrecha. Centrándose en el estado de Bengala Occidental, el equipo investigó si el aprendizaje socioemocional funciona en la educación superior y, lo que es más importante, cómo el entorno de una universidad afecta la capacidad de un estudiante para aprender estas habilidades. No solo preguntaron a los estudiantes cómo se sentían; observaron todo el ecoscoistema, incluyendo a los profesores, las políticas escolares y los trasfondos sociales de los estudiantes. Al combinar encuestas, entrevistas y una revisión de la investigación existente, descubrieron una realidad compleja donde estudiantes de diferentes entornos enfrentan desafíos emocionales vastamente distintos. El estudio sugiere que enseñar habilidades emocionales en el vacío no es suficiente; las instituciones mismas deben cambiar para apoyar a los estudiantes que ya están cargando con pesos pesados e invisibles.

Los investigadores comenzaron recopilando datos de más de 500 estudiantes de tres universidades en Calcuta, una gran ciudad de Bengala Occidental. También hablaron en profundidad con docenas de estudiantes, miembros de la facultad y líderes universitarios. Para entender el panorama general, revisaron casi 190 otros estudios sobre el tema. Lo que encontraron fue que, si bien la idea del aprendizaje socioemocional está ganando atención, la conciencia real entre los estudiantes universitarios en esta región es bastante baja. En una escala de uno a cinco, los estudiantes calificaron su propia comprensión de estas habilidades con apenas un poco más de tres. Más revelador fue la brecha entre diferentes grupos de estudiantes. Aquellos que fueron los primeros en sus familias en asistir a la universidad, aquellos de hogares de bajos ingresos y aquellos de castas históricamente marginadas puntuaron significativamente más bajo en estas habilidades que sus pares. Esto no se debía a que carecieran de potencial, sino a que sus vidas diarias les exigían navegar un mundo que a menudo se sentía poco acogedor o confuso.

El estudio reveló un fuerte vínculo entre estas habilidades emocionales y el bienestar mental. Los estudiantes que sentían que podían gestionar sus emociones y comprender a los demás reportaron una mejor salud psicológica. Sin embargo, esta conexión era más débil para los estudiantes de entornos marginados. Para un estudiante de un entorno privilegiado, aprender a gestionar las emociones puede sentirse como una herramienta útil. Para un estudiante de primera generación de una familia de bajos ingresos, la misma tarea puede sentirse como un trabajo extra agotador. Los investigadores identificaron un fenómeno que llaman "disonancia de competencia". Esto sucede cuando la cultura emocional del hogar o la comunidad de un estudiante choca con las expectativas de la universidad. Un estudiante puede ser directo y franco en casa, pero la universidad espera un estilo de comunicación diferente y más refinado. El estudiante se ve entonces obligado a traducir constantemente sus sentimientos y comportamientos para encajar, un proceso que drena su energía y lo hace sentir que le falta algo, cuando en realidad simplemente está navegando entre dos mundos diferentes.

Quizás el hallazgo más sorprendente fue que las personas que se suponía debían ayudar, los profesores, estaban a menudo tan despreparados como los estudiantes. Cuando se les preguntó, el 73 por ciento de los miembros de la facultad dijeron que nunca habían recibido ningún entrenamiento formal en aprendizaje socioemocional. Sentían la importancia de estas habilidades, con la mayoría calificándolas como muy altas, pero carecían de las herramientas para enseñarlas. Citaron la falta de tiempo, los enormes tamaños de las clases y un currículo que no dejaba espacio para nada más que el contenido académico como barreras principales. En lugar de depender de los servicios de consejería oficiales, que muy pocos estudiantes utilizaban, los propios estudiantes construyeron sus propias redes de seguridad. Formaron grupos de amigos muy unidos que actuaban como sistemas de apoyo informal, compartiendo la labor emocional y ofreciendo consejos que la administración universitaria no proporcionaba. Los investigadores llamaron a esto "infraestructuras encubiertas", redes ocultas que mantenían a flote a los estudiantes ante la ausencia de apoyo oficial.

El estudio también destacó que las cargas emocionales no se comparten por igual. Los investigadores describieron "cargas emocionales estratificadas", lo que significa que el peso de gestionar las emociones se distribuye de manera desigual según la ubicación social de una persona. Un estudiante de una familia rica y de casta superior puede enfrentar estrés académico, pero un estudiante de primera generación de una casta inferior enfrenta ese mismo estrés sumado a la inseguridad financiera, el prejuicio social y la presión de representar las esperanzas de toda su familia. El entorno universitario a menudo ignora estas capas, tratando a todos los estudiantes como si partieran del mismo lugar. Esta ceguera ante la desigualdad significa que los programas estándar para enseñar habilidades emocionales suelen fallar a las personas que más las necesitan. Los datos mostraron que la relación entre las habilidades emocales y el bienestar era significativamente más débil para estos estudiantes, sugiriendo que ningún entrenamiento individual puede arreglar un sistema que es estructuralmente injusto.

En respuesta a estos hallazgos, los autores proponen un nuevo camino a seguir que va más allá de simplemente enseñar a los estudiantes cómo sobrellevar las cosas. Argumentan que las universidades deben convertirse en "arquitecturas emocionales", lo que significa que las estructuras físicas y de políticas de la institución deben estar diseñadas para apoyar el bienestar. Esto implica crear espacios seguros, cambiar la forma en que se imparten las clases y reconocer el trabajo emocional extra que algunos estudiantes se ven obligados a realizar. Requiere reconocer que el trasfondo de un estudiante moldea su experiencia y proporcionar apoyo específico para aquellos que navegan por desajustes culturales. Los investigadores enfatizan que esto no se trata de "arreglar" al estudiante, sino de arreglar el entorno. Sugieren que las universidades necesitan construir sobre las redes de apoyo informal que los estudiantes ya han creado, en lugar de intentar reemplazarlas con programas descendentes que no se ajustan a la cultura local.

El estudio concluye que el costo de no hacer nada es alto. Sin un cambio fundamental en cómo las instituciones ven el bienestar estudiantil, el ciclo de angustia continuará. La crisis de salud mental entre los estudiantes no es solo un problema médico; es un problema estructural. Al comprender las formas específicas en que la casta, la clase y el trasfondo familiar influyen en la vida emocional, las universidades pueden dejar de pedir a los estudiantes que simplemente "sean resilientes" y comenzar a construir campus donde los estudiantes de todos los trasfondos puedan realmente prosperar. El camino a seguir requiere un liderazgo que priorice estos temas, profesores que estén capacitados para apoyarlos y una voluntad de admitir que el sistema actual no está funcionando para todos. Esta investigación ofrece una hoja de ruta para transformar la educación superior india, y potencialmente las universidades de otros lugares, en lugares donde el florecimiento genuino sea posible para cada estudiante, no solo para los pocos afortunados.

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