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Democracy, Radical Right Populism and Climate Policy

Este estudio analiza datos de 60 países para revelar que, si bien los partidos de la derecha radical populista generalmente debilitan la política climática en regímenes híbridos, su impacto se mitiga en las democracias consolidadas a menos que exista una alta corrupción, mientras que la vulnerabilidad climática material puede constreñir tales efectos negativos incluso en sistemas híbridos.

Autores originales: Odelia Oshri, Amit Farag, Itay Fishhendler

Publicado 2026-08-25
📖 5 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Odelia Oshri, Amit Farag, Itay Fishhendler

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

El cambio climático exige una acción que sea tanto audaz como duradera, pero el camino hacia dicha acción suele verse bloqueado por la propia naturaleza de la política. Una buena política climática requiere mirar muy hacia el futuro, invirtiendo dinero hoy para obtener beneficios que pueden no aparecer durante décadas. Esta visión a largo plazo choca con el ritmo a corto plazo de las elecciones, donde los líderes suelen verse tentados a priorizar las ganancias inmediatas sobre los riesgos distantes. Complicando este panorama se encuentra el auge de los partidos de la derecha radical populista. Estos grupos políticos suelen presentar la acción climática como un proyecto impuesto por élites distantes, argumentando que perjudica a los ciudadanos comunes y la soberanía nacional. A medida que estos partidos ganan votos, surge una pregunta apremiante: ¿conduce su éxito electoral inevitablemente a leyes climáticas más débiles, o puede la estructura del gobierno de una nación evitar que esto suceda?

Un equipo de investigadores de la Universidad Hebrea de Jerusalén se propuso responder a esto analizando cómo diferentes tipos de gobiernos manejan la presión de los movimientos populistas. Recopilaron datos de 60 países en seis continentes, cubriendo los años 2007 a 2023. Este periodo representa casi la mitad de la población mundial e incluye una amplia mezcla de sistemas políticos, desde democracias estables hasta regímenes híbridos que se sitúan entre la democracia y el autoritarismo. Los investigadores midieron tres cosas principales: cuánto apoyo recibieron los partidos de la derecha radical populista en las elecciones, qué tan fuertes eran las políticas climáticas de un país y la calidad de las instituciones democráticas de ese país. También analizaron dos condiciones específicas que podrían cambiar el resultado: qué tan corrupto es un gobierno y qué tan expuesto está un país a peligros climáticos físicos como inundaciones, sequías y olas de calor.

El estudio encontró que la amenaza que representan los partidos populistas no es la misma en todas partes. En países con democracias estables y consolidadas, la presencia de un movimiento populista fuerte no conduce automáticamente a políticas climáticas más débiles. En estas naciones, las instituciones del gobierno —como tribunales independientes, burocracias profesionales y controles legales— actúan como un escudo. Evitan que las presiones políticas a corto plazo desmantelen los compromisos climáticos a largo plazo. Sin embargo, esta protección no es absoluta. Los investigadores descubrieron que cuando la corrupción política es alta, incluso una democracia consolidada pierde su capacidad de resistencia. En sistemas corruptos, las salvaguardias que usualmente bloquean las demandas populistas se rompen, permitiendo que los populistas electos debiliten las leyes climáticas tal como lo harían en países menos democráticos.

La situación es diferente en los regímenes híbridos, que son países que tienen algunas características democráticas pero carecen de la fuerza total de las instituciones democráticas establecidas. En estos lugares, el auge de los partidos populistas está fuertmente vinculado a un declive en la política climática. Sin instituciones robustas que los contengan, los líderes populistas en regímenes híbridos tienen mucho más éxito en revertir las protecciones ambientales. No obstante, incluso aquí, hay un límite para lo que la política puede lograr. Los investigadores encontraron que, en los regímenes híbridos, la vulnerabilidad física de un país al cambio climático actúa como un freno al retroceso de las políticas. Cuando una nación enfrenta riesgos severos por tormentas, aumento de temperaturas o escasez de agua, el costo material de ignorar el problema es demasiado alto. Incluso si un gobierno populista quiere abandonar la acción climática, la amenaza inmediata para la seguridad y la economía del país los obliga a mantener algunas políticas en vigor.

El estudio también examinó ejemplos específicos para ilustrar estos patrones. En Hungría y Polonia, donde ha ocurrido un retroceso democrático, el aumento del apoyo populista coincidió con una gobernanza climática más débil y la resistencia a los objetivos climáticos internacionales. En contraste, los Países Bajos y Finlandia vieron que sus partidos populistas ganaban votos mientras sus políticas climáticas continuaban fortaleciéndose, gracias a instituciones democráticas resilientes. Los investigadores señalaron que Brasil, a pesar de ser una democracia, vio cómo sus protecciones climáticas se desmoronaban bajo un líder populista, un caso que atribuyeron a altos niveles de corrupción que socavaron la integridad institucional. Por el contrario, Estados Unidos, que experimentó un declive democrático y un aumento del populismo, vio cómo su política climática finalmente repuntaba tras la Ley de Reducción de la Inflación, un cambio que los autores sugieren es consistente con la idea de que la alta exposición climática puede restringir la capacidad de los gobiernos para mantener un retroceso de políticas.

En última instancia, la investigación sugiere que el destino de la política climática depende menos de la ideología de los políticos al mando y más de la calidad del sistema en el que operan. La democracia por sí sola no es un escudo mágico; debe estar respaldada por instituciones limpias y honestas para ser efectiva. Del mismo modo, la realidad física del cambio climático puede obligar a los gobiernos a actuar, incluso cuando sus preferencias políticas se inclinan hacia la inacción. El estudio concluye que la relación entre el populismo y la política climática es condicional. No es una historia simple donde el populismo siempre gana, sino más bien una interacción compleja donde las instituciones fuertes y los peligros del mundo real determinan si la acción climática sobrevive a la tormenta política.

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