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📄 ciencias de la Tierra

Roadless areas and the 30% protection target: contrasting national prospects in the Iberian Peninsula

Este estudio demuestra que la incorporación de zonas sin carreteras en la planificación de la conservación podría ayudar a España y Portugal a alcanzar el objetivo de protección de tierras del 30% de la UE para 2030, revelando que mientras España puede lograr este objetivo priorizando solo el 2,7% de su territorio sin carreteras, Portugal requiere medidas adicionales más allá de las tierras sin carreteras por sí solas.

Autores originales: Salvador Arenas-Castro, Óscar Pérez-Buzón, Rafael Villar, Neftalí Sillero

Publicado 2026-09-24
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Autores originales: Salvador Arenas-Castro, Óscar Pérez-Buzón, Rafael Villar, Neftalí Sillero

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

La naturaleza no traza líneas en un mapa, pero los humanos sí lo hacen. Cuando construimos carreteras, atravesamos la vida silvestre, fragmentando hábitats y obligando a los animales a navegar por un paisaje de ruido, luz y peligro. Durante décadas, los científicos han sabido que estas líneas de asfalto son una de las fuerzas más dañinas para la biodiversidad. Sin embargo, al establecer la Unión Europea el objetivo de proteger el treinta por ciento de su tierra para 2030, surgió una nueva pregunta: ¿dónde está la tierra que aún es lo suficientemente salvaje como para contar, pero que aún no ha sido designada oficialmente como parque protegido? La respuesta reside en las "zonas sin carreteras": extensiones de terreno tan libres de caminos y tráfico pesado que permanecen mayoritariamente intactas por la industria humana. Estas no son necesariamente las cumbres remotas y escarpadas asociadas a menudo con la naturaleza virgen, sino frecuentemente las colinas onduladas y los valles donde vive y cultiva la gente, siempre que las carreteras aún no hayan llegado a ellos.

El desafío para los conservacionistas es que la red actual de áreas protegidas está incompleta. Si bien muchas naciones han reservado tierras para la naturaleza, la protección suele ser desigual, favoreciendo las montañas escarpadas y de difícil acceso mientras deja expuestos los llanos más llanos y fértiles al desarrollo. Para alcanzar los ambiciosos nuevos objetivos, los países necesitan encontrar rápidamente los reductos restantes de naturaleza intacta. Aquí es donde el concepto de zonas sin carreteras se convierte en una herramienta práctica. Si un terreno no tiene carreteras que lo atraviesen, conserva un nivel de integridad ecológica que lo convierte en un candidato ideal para su protección. La cuestión no es solo si estas áreas existen, sino si están en los lugares adecuados para llenar los vacíos dejados por el sistema actual, y si pueden ayudar a las naciones a cumplir sus obligaciones legales sin tener que esperar años para restaurar tierras degradadas.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Córdoba y la Universidad de Porto se propuso responder a estas preguntas para la Península Ibérica, que incluye a España y Portugal. Esta región es un punto crítico de biodiversidad mundial, hogar de una vasta gama de plantas y animales únicos, pero también posee una de las redes de carreteras más densas de Europa. Los científicos comenzaron mapeando cada kilómetro cuadrado de la península, identificando qué áreas ya estaban protegidas por ley y qué áreas carecían de carreteras. Luego buscaron la superposición, o la falta de ella, entre estas dos categorías. Sus hallazgos revelaron una separación sorprendente: la tierra que está legalmente protegida y la tierra que no tiene carreteras son lugares mayoritariamente distintos. Solo una pequeña fracción del territorio es tanto protegida como libre de carreteras. Esto significa que la gran mayoría de la tierra sin carreteras se encuentra fuera de la red de seguridad de las áreas protegidas actuales, representando una enorme reserva de valor ecológico sin explotar.

Cuando los investigadores añadieron estas zonas sin carreteras a la red existente de tierras protegidas, el panorama cambió drásticamente. En España, las áreas protegidas actuales cubren aproximadamente el veintiocho por ciento del territorio. Al incluir las zonas sin carreteras, esta cifra saltaría a casi el cuarenta y cinco por ciento. En Portugal, el incremento sería incluso más significativo en relación con el punto de partida, elevando la cobertura del veintidós al más de treinta y cuatro por ciento. Esto sugiere que, para España, el simple hecho de reconocer y proteger la tierra sin carreteras que ya existe podría ser suficiente para alcanzar el objetivo del treinta por ciento. Portugal, sin embargo, enfrenta una escalada más difícil; aunque las zonas sin carreteras los acercarían a la meta, todavía quedarían ligeramente por debajo, lo que indica la necesidad de esfuerzos de restauración adicionales junto con la protección.

El estudio también descubrió dónde se encuentran estas zonas sin carreteras y qué tipo de tierra protegen. El sistema actual de áreas protegidas tiene un fuerte sesgo hacia las altas elevaciones. Los investigadores encontraron que, mientras que solo alrededor del dieciséis por ciento de las tierras bajas por debajo de los doscientos metros están protegidas, casi el ochenta y siete por ciento de la tierra por encima de los dos mil metros ya cuenta con algún tipo de protección. Las zonas sin carreteras, por el contrario, son más abundantes en las elevaciones medias y en las tierras bajas. Son particularmente comunes en los sistemas agroforestales del suroeste, conocidos como dehesas en España y montados en Portugal. Estos son paisajes antiguos de bosques abiertos de encinas utilizados para el pastoreo y la agricultura, que son vitalos para la biodiversidad pero históricamente han recibido poca protección formal. Los datos mostraron que incorporar las zonas sin carreteras aumentaría la protección de estos sistemas agroforestales específicos en más de treinta puntos porcentuales, llenando un vacío crítico en la red de conservación.

Para comprender por qué estas áreas son diferentes, el equipo analizó los factores ambientales que determinan dónde se ubican las áreas protegidas frente a dónde existen las zonas sin carreteras. Descubrieron que ambas están gobernadas por reglas distintas. Las áreas protegidas tienden a ubicarse en lugares de terreno accidentado y difícil, probablemente porque tales tierras son menos valiosas para la agricultura o el desarrollo. Las zonas sin carreteras, sin embargo, se definen más por la estructura del paisaje y la presencia de biodiversidad que por la pendiente por sí sola. Existen en valles, llanuras y crestas por igual. Esta distinción es crucial porque significa que las zonas sin carreteras no son solo un duplicado de lo que ya está protegido; son un recurso complementario que cubre el terreno ecológico que el sistema actual ha pasado por alto.

Los investigadores utilizaron entonces un sistema de priorización para identificar qué parches específicos sin carreteras serían más valiosos de proteger. Buscaron áreas que pudieran conectar los sitios protegidos existentes, completar tipos de hábitat faltantes y cerrar las brechas entre los parches aislados de la naturaleza. El resultado fue una lista de ubicaciones específicas, principalmente en la parte suroeste de la península, que ofrecerían las mayores ganancias. Para España, proteger poco más de trece mil kilómetros cuadrados de estos parches prioritarios sin carreteras sería suficiente para alcanzar el objetivo del treinta por ciento. Para Portugal, este mismo enfoque no sería suficiente por sí solo, lo que destaca que, si bien las zonas sin carreteras son una herramienta poderosa, no son una solución mágica para todos los países.

El estudio concluye que las zonas sin carreteras ofrecen un camino práctico e inmediato para expandir la conservación. No son un reemplazo para las áreas protegidas tradicionales, sino una adición necesaria que equilibra la red. Al proteger estas zonas sin carreteras, las naciones pueden asegurar tierras que ya están ecológicamente intactas, mantener la conectividad que permite a las especies moverse a través del paisaje y proteger los hábitats de tierras bajas que están actualmente bajo amenaza. La investigación sugiere que, para España, el camino para cumplir con sus objetivos de biodiversidad de 2030 es claro y reside en reconocer el valor de la tierra que, hasta ahora, ha escapado al alcance de la carretera. Para Portugal, las zonas sin carreteras representan un paso significativo hacia adelante, pero el viaje requerirá una combinación de protección y restauración activa para alcanzar la meta final.

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