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📄 ciencias de la Tierra

Climate Hazards, Aspirations to Stay and Climate Immobility in Mozambique

Basándose en datos de Beira, Mozambique, este estudio desafía la suposición convencional de que los peligros climáticos impulsan inevitablemente la migración, revelando en cambio que la mayoría de los residentes aspiran a quedarse debido a las capacidades, necesidades, adaptación, dignidad e interseccionalidad, lo que resulta en una inmovilidad climática generalizada a pesar de la intensificación de los choques ambientales.

Autores originales: Carlos Shenga, Lorraine Howe, Amélia Macome

Publicado 2026-09-30
📖 8 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Carlos Shenga, Lorraine Howe, Amélia Macome

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Durante décadas, una historia sencilla ha dominado nuestra forma de pensar sobre el cambio climático y el movimiento humano: cuando el clima se vuelve peligroso, la gente hace las maletas y se marcha. Esta visión asume que una tormenta severa, un aumento del nivel del mar o una sequía prolongada actúan como un detonante directo, empujando a las familias a migrar hacia tierras más seguras. Es una forma de pensar lineal que trata el quedarse como una falta de voluntad o una carencia de recursos. Sin embargo, un creciente cuerpo de investigación desafía esta suencia, sugiriendo que la realidad es mucho más compleja. Muchas personas no se van porque no puedan, sino porque no quieren. Otras eligen quedarse, encontrando razones profundas para permanecer incluso a medida que las condiciones empeoran. Este campo de estudio, a menudo llamado inmovilidad climática, analiza por qué la gente queda atrapada, por qué eligen quedarse y qué sucede con aquellos que se quedan atrás cuando el entorno se vuelve hostil. Comprender estas razones es crucial, porque si los responsables políticos solo se preparan para la migración masiva, podrían fallar al apoyar al vasto número de personas que permanecerán en su lugar, dejándolas potencialmente vulnerables e invisibles.

En la ciudad costera de Beira, Mozambique, investigadores se propusieron poner a prueba estas ideas frente a la dura realidad de la vida cotidiana. Beira es un lugar donde la amenaza del cambio climático no es un pronóstico distante, sino una experiencia actual. La ciudad enfrenta una mezcla de eventos repentinos y violentos, como ciclones tropicales e inundaciones, así como cambios lentos y persistentes, como el aumento del nivel del mar y la intrusión de agua salada en las fuentes de agua dulce. Para entender cómo responden las personas aquí, un equipo de investigadores de la Universidad Joaquim Chissano y del Centro de Investigación sobre Gobernanza y Desarrollo llevó a cabo una encuesta sistemática. Hablaron cara a cara con 416 residentes de cuatro vecindarios diferentes, que iban desde asentamientos informales justo al borde de la bahía hasta zonas rodeadas de campos de arroz. El objetivo no era solo preguntar quién se mudaba, sino comprender quién se quedaba, por qué se quedaba y si los peligros climáticos mismos eran el principal motor de esa decisión.

Los hallazgos de Beira derriban la sabiduría convencional de que el desastre conduce inevitablemente a la partida. Cuando los investigadores preguntaron a los residentes sobre sus planes futuros, surgió un panorama claro: la mayoría no se mudará. De hecho, el 65 por ciento de los encuestados dijo que no puede irse, mientras que el 56 por ciento dijo que solo planea irse en el futuro lejano. La mitad de los encuestados afirmó que no quiere irse en absoluto. Quizás lo más sorprendente sea que el 46 por ciento dijo que nunca dejaría sus hogares actuales, y el 43 por ciento dijo que permanecería incluso si los impactos climáticos continuaran empeorando. Una parte significativa de la población simplemente no puede imaginar irse. Estos datos sugieren que, para la mayoría de las personas en Beira, la idea de la migración no es una respuesta primaria ante el peligro climático. En cambio, la inmovilidad es la realidad dominante, ya sea que esta inmovilidad sea una trampa forzada o una elección voluntaria.

Para entender por qué, los investigadores analizaron la relación entre los peligros climáticos que enfrentaban las personas y su decisión de quedarse. Probaron si experimentar un ciclón, una inundación o un aumento de las temperaturas hacía que la gente fuera más propensa a mudarse. Los resultados fueron sorprendentes: los peligros climáticos mismos tuvieron muy poco efecto en si la gente se quedaba o se iba. El poder estadístico de estos factores ambientales fue casi insignificante, explicando menos del uno por ciento de la variación en las decisiones de las personas. En cambio, el factor más fuerte fue algo interno de las personas mismas: su aspiración a quedarse. Esta es una preferencia profunda por permanecer en su comunidad de origen, impulsada por factores no económicos como el apego al lugar, los lazos familiares, la identidad cultural y un sentido de seguridad dentro del vecindario. Las personas que sentían un fuerte compromiso con su comunidad, que veían un futuro feliz allí, o que sentían que su familia las necesitaba, eran mucho más propensas a quedarse, independientemente de los riesgos climáticos fuera de su puerta.

El estudio profundizó entonces para identificar qué alimenta específicamente este deseo de permanecer. Los investigadores probaron cinco explicaciones diferentes: la capacidad de quedarse, las necesidades básicas, las estrategias de adaptación, la dignidad humana y la forma en que diferentes factores sociales, como la edad y el género, se intersectan. Los resultados mostraron que la "capacidad de quedarse" y la satisfacción de las "necesidades" fueron los impulsores más poderosos. La capacidad se refiere a tener los recursos y medios para hacer que la vida funcione en la ubicación actual. Aquellos que sentían que tenían suficiente dinero, ahorros o apoyo familiar para capear una crisis eran más propensos a aspirar a quedarse. Del mismo modo, la satisfacción de las necesidades básicas jugó un papel masivo. Las personas que sentían que sus hogares eran lo suficientemente fuertes para resistir tormentas, que tenían acceso a agua y alimentos seguros, y que sus hijos estaban protegidos, eran mucho más propensas a querer permanecer. La calidad de vida y la creencia de que el futuro podría ser mejor a través de sus propias acciones también importaron significativamente.

La adaptación, o la capacidad de ajustarse al cambio climático sin irse, también desempeñó un papel. Las personas que tenían acceso a información climática, alertas de emergencia y redes de apoyo comunitario eran más capaces de afrontar los peligros y, por lo tanto, estaban más inclinadas a quedarse. Sin embargo, el estudio encontró que el sentido de la dignidad humana y las vulnerabilidades específicas de diferentes grupos importaban menos en este contexto específico. Si bien el derecho a ser tratado con respeto es fundamental, los datos sugirieron que en Beira, la capacidad práctica de sobrevivir y la satisfacción de las necesidades básicas eran las razones primarias por las que la gente elegía quedarse. El estudio también analizó cómo las diferentes identidades se combinan para afectar estas elecciones. Por ejemplo, se encontró que las mujeres jóvenes eran menos propensas a aspirar a quedarse que otros grupos, quizás porque ven menos perspectivas para su futuro en un entorno vulnerable y empobrecido. Sin embargo, la combinación específica de ser pobre y vivir en un asentamiento informal particular no mostró un efecto estadísticamente significativo en la decisión de quedarse, lo que sugiere que los impulsores de la inmovilidad son complejos y no se reducen fácilmente a una sola etiqueta demográfica.

Las implicaciones de estos hallazgos son profundas para la forma en que pensamos sobre la política climática. Si la suposición prevaleciente es que el cambio climático obligará a todos a mudarse, entonces los recursos se destinan a planes de reubicación. Pero si la realidad es que la mayoría de la gente se quedará, a menudo porque está atrapada por la pobreza o porque tiene un compromiso profundo y resiliente con su hogar, entonces el enfoque debe cambiar. Los investigadores argumentan que los responsables políticos deben apoyar la "adaptación en el lugar". Esto significa invertir en las mismas cosas que hacen posible quedarse: fortalecer los hogares contra las inundaciones, asegurar el acceso al agua limpia y la atención médica, y construir los recursos económicos que permitan a las familias sobrevivir a las crisis sin tener que huir. También significa respetar el derecho de las personas a elegir quedarse, en lugar de forzarlas a mudarse o ignorarlas porque no están migrando.

El estudio también destacó giros inesperados en los datos que complican el panorama. Por ejemplo, mientras que uno podría esperar que tener la "opción" de quedarse hiciera que la gente quisiera quedarse, los datos mostraron lo contrario: aquellos que sentían que tenían la opción de quedarse eran a veces menos propensos a aspirar a hacerlo. Esto sugiere que la mera disponibilidad de una elección no es suficiente; es la capacidad real de hacer que esa elección funcione lo que importa. Del mismo modo, en un contexto donde los gobiernos locales a veces obligan a la gente a abandonar áreas vulnerables, aquellos que son excluidos de los procesos de toma de decisiones a veces desarrollan una mayor resistencia a irse, eligiendo quedarse como una forma de desafío o porque sienten que no tienen otro apoyo. Estos matices muestran que la decisión de quedarse no es solo un cálculo de riesgo, sino una interacción compleja de esperanza, necesidad, identidad y el entorno político y social específico.

En última instancia, la historia de Beira es una de resiliencia y limitación. Revela que, para la mayoría de las personas que enfrentan choques climáticos intensificados, el futuro no consiste en hacer la maleta y marcharse. Se trata de encontrar la manera de resistir donde están. Los investigadores encontraron que, si bien los peligros climáticos son severos, no son la razón principal por la que la gente se muda o se queda. En cambio, la decisión es impulsada por la capacidad de sobrevivir, la satisfacción de las necesidades humanas básicas y los vínculos profundos, a menudo tácitos, que unen a las personas con sus hogares. Al reconocer que la inmovilidad es una realidad generalizada y a menudo voluntaria o forzada, en lugar de una anomalía, la sociedad puede comenzar a construir políticas que realmente protejan a las personas que permanecerán en la primera línea de un clima cambiante.

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