Now you see it: evidence of object permanence in wild Western Australian magpies
Este estudio demuestra que las magpies silvestres de Australia Occidental poseen permanencia de objeto al completar con éxito tareas piagetianas adaptadas en un entorno de campo urbano, con un desempeño impulsado principalmente por la dificultad de la tarea en lugar de rasgos individuales o sociales.
Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA de un preprint que no ha sido revisado por pares. No es consejo médico. No tome decisiones de salud basándose en este contenido. Leer descargo de responsabilidad completo
Cada día, dependemos de una certeza silenciosa e invisible: que un juguete escondido bajo una manta sigue ahí, esperando ser encontrado. No necesitamos ver el objeto para saber que existe. Este entendimiento, que las cosas persisten incluso cuando están fuera de la vista, es un hito fundamental en cómo funcionan las mentes. Los científicos lo llaman permanencia del objeto. Es la base mental que permite rastrear a un amigo que se mueve a través de una multitud, recordar dónde dejamos nuestras llaves o seguir a un depredador que ha desaparecido tras un arbusto. Aunque sabemos que esta capacidad se desarrolla tempranamente en los bebés humanos y aparece en muchos animales, desde monos hasta loros, la mayor parte de lo que sabemos proviene de animales mantenidos en jaulas o laboratorios. Tenemos muy poca evidencia de cómo funciona esto en la naturaleza, donde las distracciones son constantes y lo que está en juego es real.
Un equipo de investigadores se propuso cambiar eso probando esta capacidad en un ave que vive libre: la cucabra australiana (Western Australian magpie). Estas aves son comunes en ciudades y parques de todo el suroeste de Australia, viven en grupos sociales complejos y buscan comida en céspedes abiertos. Los investigadores querían ver si estas aves silvestres podían resolver los mismos acertijos utilizados para probar a los niños, y si factores como el tamaño de su grupo familiar o su personalidad individual cambiaban su desempeño. Adaptaron pruebas clásicas para ajustarlas al campo abierto, utilizando copas simples y recompensas de queso para ver si las aves podían rastrear un premio oculto.
El estudio tuvo lugar en parques urbanos y terrenos universitarios cerca de Perth, donde una población de cucabras se ha habituado a la presencia humana durante más de una década. Estas aves están acostumbradas a los investigadores y no les temen, lo que permitió a los científicos realizar las pruebas sin el estrés del cautiverio. Los investigadores seleccionaron 38 individuos de 15 grupos familiares diferentes. Para asegurar que las aves estuvieran concentradas, los científicos aislaron a cada ave de su grupo antes de la prueba. Utilizaron tiras de queso mozzarella como recompensa, un alimento que las aves adoran, y lo colocaron sobre una pequeña tabla de madera. Para evitar que las aves simplemente olieran el queso, los investigadores frotaron las copas y la tabla con queso antes de cada uno de los ensayos, enmascarando cualquier rastro de olor.
Las pruebas ocurrieron en tres etapas, cada una ligeramente más difícil que la anterior. En la primera etapa, el ave observó cómo se colocaba un trozo de queso sobre la tabla y se cubría con una sola copa opaca. El ave tenía que darse cuenta de que el queso seguía allí, aunque ya no pudiera verlo, y levantar la copa para obtenerlo. En la segunda etapa, el ave observó cómo se colocaba el queso bajo una de dos copas. Las copas fueron bajadas simultáneamente, ocultando el queso. El ave tenía que recordar qué copa contenía el premio y elegir la correcta. La etapa final fue una prueba de autocontrol, conocida como la tarea de error A-no-B. El ave fue entrenada para encontrar el queso bajo una copa específica, la ubicación A, una y otra vez. Luego, los investigadores movieron visiblemente el queso a una nueva copa, la ubicación B. El desafío era que el ave ignorara su hábito de ir a la ubicación A y en su lugar eligiera la nueva ubicación, B. Este paso pone a prueba si el ave puede detener un viejo hábito y actualizar su memoria en tiempo real.
Los resultados mostraron que estas cucabras silvestres son notablemente hábiles para rastrear objetos ocultos. En la primera etapa, donde el queso estaba simplemente cubierto, casi todas las aves tuvieron éxito en su primer intento. Cuando la tarea se volvió más difícil, requiriendo que el ave eligiera entre dos copas, la tasa de éxito disminuyó pero se mantuvo muy por encima de lo que se esperaría por puro azar. En la prueba final, donde el ave tenía que superar un fuerte hábito para encontrar la nueva ubicación, la mayoría de las aves aun así tuvieron éxito. Los datos confirmaron que estas aves poseen un entendimiento robusto de que los objetos continúan existiendo incluso cuando están ocultos de la vista. Podían seguir el movimiento del queso y actualizar su mapa mental de dónde estaba, una habilidad que es crucial para la búsqueda de alimento y la navegación en un entorno complejo.
Los investigadores también examinaron de cerca qué hacía que algunas aves se desempeñaran mejor que otras. Examinaron factores como la edad, el sexo, el peso corporal y el tamaño de su grupo social. También midieron cuánto tiempo le tomaba a un ave acercarse a las copas y qué tan rápido tomaba una decisión. Sorprendentemente, ninguno de estos rasgos individuales o sociales predijo el éxito. Un ave de un grupo grande no fue mejor en la tarea que una de un grupo pequeño. Un ave más pesada no superó a una más ligera. Lo único que importaba era la dificultad de la tarea específica y la velocidad de la toma de decisiones del ave. Las aves que tardaron una cantidad moderada de tiempo en decidir fueron en realidad las menos exitosas, mientras que aquellas que decidieron rápidamente o se tomaron su tiempo para pensarlo bien tendieron a hacerlo mejor. Esto sugiere que la duda o la confusión, más que la falta de capacidad, fue la principal barrera para el éxito.
Este estudio proporciona evidencia directa y poco común de que la permanencia del objeto no es solo un rasgo de los animales en laboratorios, sino una habilidad funcional utilizada por las aves silvestres en su mundo natural. Las cucabras no necesitaron ser enseñadas; aplicaron esta capacidad cognitiva de inmediato para resolver los acertijos. Los hallazgos sugieren que esta capacidad es probablemente un rasgo básico y compartido entre muchas especies, uno que es tan fundamental para la supervivencia que no varía mucho entre individuos o grupos sociales. Al demostrar que estas pruebas pueden funcionar en la naturaleza, los investigadores han abierto la puerta para estudiar cómo piensan otros animales en sus hábitats naturales, yendo más allá de las paredes de la jaula para comprender la mente en estado salvaje.
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